La comunicación está en el centro de casi todo lo que hacemos. Pasamos gran parte de nuestro tiempo comunicando y transmitiendo información a los demás. Comunicamos incluso cuando no queremos o pretendemos hacerlo. Por lo tanto, mejor hacerlo bien. Es evidente que, cuanto mejores seamos comunicando y compartiendo nuestras ideas, más éxito tendremos en todos los ámbitos de nuestras vidas.

“Puedes aprender a comunicar con efectividad. Es como montar en bicicleta o escribirá a máquina. Cuanto más practicas, mejor lo harás”

Brian Tracy

¿Sientes habitualmente la necesidad de comunicarte mejor con las personas de tu entorno? De ser así, las siguientes diez claves pueden ayudarte a hacerlo con más efectividad. No son las únicas, pero sí que son esenciales. En el fondo, no son más que unos consejos extremadamente lógicos y simples. Aplicarlos en tu vida cotidiana debería resultarte relativamente fácil. Vamos a repasarlos de una manera breve y sencilla.

La primera clave tiene que ver con nuestro diálogo interno. Según diversos estudios, empleamos una media de 14 horas diarias hablando con nosotros mismos. Además, aproximadamente el 80 % de nuestro diálogo interno es negativo. Este diálogo es una fuente de distracciones que aleja nuestra atención del interlocutor, lo que queremos comunicarle y la forma en la que nos gustaría hacerlo. Cuando es negativo, también nos desalienta, merma nuestra autoestima y restringe nuestra capacidad de comunicación. Es importante aprender a reconocerlo y a gestionarlo. Solo así podremos estar verdaderamente presentes, tanto para tratar de percibir el máximo posible de lo que nuestro interlocutor piensa, siente y comunica, como para transmitir lo que queremos comunicar de la manera más efectiva posible.

Practicar la escucha activa es el siguiente factor clave. Consiste en tratar de entender, tanto lo que nuestro interlocutor dice, como lo que no dice. Implica prestar atención, tanto a su lenguaje verbal, como al no verbal. También exige estar atento, no solo al contenido y estructura de su comunicación, sino también a sus emociones y necesidades. Es conveniente destacar que no basta con escuchar, también es necesario demostrar que lo hacemos. La escucha activa nos permite percibir una gran cantidad de información sobre nuestro interlocutor. Información que nos resultará de gran ayuda para, posteriormente, terminar de dar forma a lo que queremos comunicarle y seleccionar la mejor manera de hacerlo. Además, la escucha activa es el camino más rápido para crear un clima de confianza y transparencia con otras personas.

Otra de nuestras claves para comunicar con efectividad consiste en procurar un buen entendimiento o sintonía con nuestros interlocutores. Este es el fenómeno que en inglés se conoce como rapport. El proceso por el cual se trata de establecer una relación de confianza y compromiso mutuo con otra persona. Implica un vínculo emocional de armonía y conexión. De sintonía psicológica y emocional. Para establecerlo debemos calibrar y acompasar los aspectos conscientes y no conscientes de la forma de comunicarse de nuestro interlocutor. Es decir, tanto su lenguaje verbal, como el no verbal. No se trata de imitar al otro, sino de establecer un baile metafórico con él, siguiéndole con la voz y el cuerpo. Cuando logramos establecer esta conexión con nuestro interlocutor, este se sentirá más confiado, estará mas dispuesto a abrirse con nosotros y se mostrará más receptivo a cualquier cosa que queramos plantearle.

La empatía, entendida como habilidad de reconocer y entender los sentimientos, necesidades e inquietudes de los demás, es otro factor clave. En relación con lo que hoy nos ocupa, la empatía implica poner a nuestros interlocutores en el centro de la comunicación, cediéndoles el papel protagonista y tratando de comprenderles antes de intentar que ellos nos comprendan a nosotros. Para desarrollar la empatía debemos trabajar la orientación a las personas, la vocación de servicio, la disposición a ayudar a los demás a desarrollarse, la escucha activa, el entendimiento o sintonía, la valentía para preguntar, el interés por cultivar y aprovechar la diversidad, y la conciencia política. El poder de la empatía radica, tanto en la forma en la que facilita que los demás se abran a nosotros y nos den su confianza, como en su capacidad para facilitar que acepten e interioricen lo que les hemos comunicado, para movilizarles y para provocar en ellos el cambio que buscamos.

En torno a los juicios que emitimos gira la siguiente de nuestras claves. Los juicios son como veredictos que pueden torpedear y destruir, con muchísima facilidad, la confianza de nuestros interlocutores. Las generalizaciones, primeras impresiones, etiquetas y estereotipos pueden jugarnos muy malas pasadas. Es importante recordar que los juicios son subjetivos y que no son la verdad absoluta. Por lo tanto, dejan lugar para que otros discrepen y puedan opinar lo contrario. Por otro lado, nuestros juicios no solo hablan de los demás, sino también y mucho de nosotros mismos. Cada vez que emitimos un juicio revelamos a los demás quiénes somos y como pensamos. Es por todo esto que debemos juzgar con cautela, evitando los juicios que no estén debidamente fundados. Los juicios son una herramienta de comunicación muy útil, pero debemos saber elegir, en cada momento, si utilizarlos es apropiado o no. Debemos hacerlo en función del interlocutor, del contexto de la interacción, de lo que queremos comunicar y del objetivo que queremos alcanzar.

“En la comunicación rige la máxima de menos es más. Entre dos explicaciones, elige la más clara; entre dos formas la más sencilla; entre dos expresiones, la más breve”

Eugenio d’Ors

En un breve período de tiempo, una persona media solo es capaz de retener cuatro pedacitos de información. Por este motivo, para comunicar de forma efectiva, es imprescindible trabajar bien el mensaje. Construir un mensaje solido, relevante y conciso es solo una de las partes. También es necesario cuidar, y mucho, la manera en la que lo transmitimos. Un buen comunicador sabe seleccionar los cuatro pedacitos de información más relevantes para construir ese mensaje, adaptando su contenido y la manera de comunicarlo a la forma de percibir, pensar y sentir del interlocutor. Todo ello lo hace empleando frases cortas y un lenguaje sencillo, repitiendo la esencia del mensaje al menos tres veces, y dándole emocionalidad con su voz y con su cuerpo.

Las preguntas son una herramienta muy útil a la hora de mejorar nuestra efectividad como comunicadores. No solo son una fabulosa fuente de información que nos ayuda a entender el contexto de la interacción con nuestro interlocutor, para así prepararnos mejor. También son una vía para ayudarle a darse cuenta, por si mismo, de lo que queremos comunicarle. Cuando esto ocurre, no solo lo aceptará y lo interiorizará mucho más rápido, sino que también lo sentirá como suyo propio y estará más motivado y comprometido a actuar en consecuencia. Por otro lado, al preguntar e interesarnos con sinceridad por su opinión, le estamos diciendo indirectamente que nos importa y que le valoramos. Esto, además de empoderarle, hará que esté más confiado, más dispuesto a abrirse y más receptivo. He aquí las razones por las que hacer buenas preguntas es tan importante. Por regla general, las preguntas, cuanto más cortas, sencillas y abiertas, más efectivas serán. 

«La comunicación lo es todo: lo que decimos y lo que no decimos» 

Anónimo

Cuando comunicamos, transmitimos información no solo con nuestras palabras, sino también con nuestra voz y, muy especialmente, con nuestro cuerpo. La coherencia entre lo comunicado a través de cada uno de estos tres canales es otro aspecto fundamental si queremos comunicar con efectividad Según diversos estudios, en una comunicación de alto contenido emocional, solo transmitimos el 7 % de la información con las palabras. El 38 % lo hacemos con la voz y el 55 % restante con el cuerpo. Por otro lado, ante la falta de coherencia, el interlocutor siempre dará más valor a lo dicho con el cuerpo y la voz, que a la información transmitida con las palabras. Es por todo esto que ser coherentes, cuidando de la congruencia entre le lenguaje verbal y el no verbal, tiene tanta importancia. A la hora de preparar una conversación, especialmente si esta es importante, debemos trabajar de igual modo y con el mismo empeño, tanto lo que vamos a decir con palabras, como la manera en la que vamos a acompañar esas palabras con nuestra voz y nuestro cuerpo.

¿Quién no se ha mordido alguna vez la lengua, dejando algo importante que pensaba o sentía sin expresar? Lo hacemos todos y, en algunas ocasiones, puede llegar a lastrar la efectividad de nuestra comunicación. Analizar y procesar lo que no expresamos es fundamental y puede proporcionarnos un aprendizaje de gran valor. Lo que nos guardamos suelen ser opiniones tóxicas y emociones intensas, de las que incluso podemos llegar a avergonzarnos. Este es uno de los motivos por el que no trasladamos su contenido al exterior. En cualquier caso, debemos tener presente que se trata de pensamientos y sentimientos que no escogemos y que, simplemente, nos invaden. Somos humanos y esta es una parte intrínseca de todos nosotros. No debemos sentirnos mal por ello. Lo importante es que seamos capaces de darnos cuenta de ello, para así poder gestionarlo. La clave está en analizarlo y procesarlo para trasladar su esencia al exterior de una manera adecuada.

Cuidar y gestionar el espacio entre uno mismo y los demás, en nuestras interacciones laborales, sociales y personales, es nuestra última clave para establecer una comunicación efectiva. La disciplina que se ocupa del estudio de cómo utilizamos el espacio que rodea nuestro cuerpo es la proxemia. Alrededor de nuestro cuerpo se distinguen, básicamente, cuatro grandes espacios. En orden de proximidad a nosotros mismos, son los espacios íntimo, personal, social y público. En una interacción, si entramos en un espacio que resulta inapropiado para la otra persona, esta se sentirá incomoda. De ser así, su atención no va a estar en lo que le estamos comunicando, sino en su incomodidad. Además, al vivirlo como una especie de “agresión”, estará más cerrada y menos receptiva a nuestros planteamientos. Es por ello que cuidar la proxemia resulta tan importante. Debemos hacerlo teniendo en cuenta el contexto de la interacción y el nivel de confianza que tenemos con la otra persona.

Llegados a este punto te invito a ponerte manos a la obra y a trazar un plan de acción sencillito para mejorar la efectividad con la que comunicas. Para ello basta con que des respuesta a las siguientes preguntas: “¿qué clave de las tratadas te gustaría trabajar y para qué?”“¿cuándo?”“¿cómo?”“¿dónde?”“¿con quién?” y “¿qué otra práctica te gustaría aplicar de manera informal en tu vida cotidiana?”. Finalmente, recuerda que no existe un forma de comunicarse que, por definición, sea mejor o peor que otras. Cada uno de nosotros tenemos la nuestra propia. Lo importante es que cada uno desarrollemos nuestro estilo propio, sacando el mayor provecho posible de nuestras fortalezas y tratando de mitigar nuestras debilidades.


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