¿Te enfadas con facilidad como consecuencia de tus propios errores o de los ajenos?, ¿los imprevistos te provocan agobio, incomodidad y frustración?, ¿te parece que las cosas solo suelen estar bien hechas si las haces tú?, ¿necesitas tener todo bajo control para sentirte bien?, ¿llevas muy mal las críticas y te cuesta aceptar las sugerencias y recomendaciones de los demás?, ¿antes de terminar algo lo revisas hasta la saciedad para asegurarte de que está bien?, ¿te duele como un puñetazo cuando las cosas no están perfectamente ordenadas?,… Si la respuesta a la mayoría de estas preguntas es afirmativa, es muy probable que estés aquejado del mal del perfeccionismo.

“El perfeccionismo no es la búsqueda de lo mejor, sino la persecución de lo peor de nosotros mismos, de esa parte que nos dice que nada de lo que hagamos será suficientemente bueno”

Julia Cameron

La perfección es una ilusión, una falacia, una utopía. Alcanzarla es imposible. Es por ello que el perfeccionismo llevado al extremo, al tratar de conseguir un resultado inalcanzable, conduce irremediablemente a la frustración y la insatisfacción. Genera una lucha interior que bloquea a la persona. Una lucha entre su corazón y su cabeza. Entre lo que siente y lo que hace. Entre lo que quiere y lo que “tiene que” hacer. Provoca en ella miedo, desconfianza, parálisis, cambios de ánimo, rabia contenida y mucho cansancio. Es así como le roba la tranquilidad y la paz interior, restringe su capacidad de acción y la aleja de lo que realmente quiere.

¿Te reconoces? Si es así, no desesperes. El perfeccionismo excesivo se puede superar. De hecho, deberías estar de enhorabuena. Acabas de dar el primer paso, y quizás el más complicado, para vencerlo. A la mayoría de los perfeccionistas no les resulta nada fácil darse cuenta y aceptar que su perfeccionismo les limita y les impide crecer y desarrollarse. Es para ellos una virtud. El motor que, a lo largo de los años, les ha permitido mejorar, alcanzar sus metas y obtener el reconocimiento de los demás. No logran ver que ese perfeccionismo, aplicado en exceso y de forma generalizada, es lo que ahora les bloquea, les impide avanzar y les genera esa sensación de continua insatisfacción y falta de confianza en sí mismos.

Una vez que eres consciente de la importancia de poner coto a tu perfeccionismo, el siguiente paso consiste en hacer visibles y desmontar aquellas creencias que lo alimentan. Es decir, aquellas opiniones o patrones de pensamiento, profundamente arraigados en ti y de los que estás particularmente convencido, que de forma subconsciente te llevan a tratar de hacer las cosas perfectas en casi todo momento. A modo de ejemplo, tras el perfeccionismo de muchas personas subyace la creencia de que, si no agradan y complacen a los demás, además de generar problemas y conflictos, no recibirán la aprobación de los demás, serán rechazados y recibirán constantes criticas. 

Para identificar esas creencias, es necesario hacer un ejercicio de introspección. El reto consiste en escarbar hasta llegar a las necesidades, compromisos, preocupaciones o miedos inconscientes que te impulsan a compórtate de forma perfeccionista. Pregúntate por los beneficios que obtienes siendo perfeccionista y continúa tirando del hilo. Verás como te resulta fácil descubrir esas necesidades que tratas de satisfacer, esos compromisos que te empeñas en cumplir o esos temores o preocupaciones que intentas aplacar. Detrás, encontrarás las creencias que alimentan tu perfeccionismo y te limitan.

Desmontar esas creencias requiere ponerlas en tela de juicio. Solo o con la ayuda de una persona de confianza, rebátelas y pon encima de la mesa todos los hechos o fundamentos que demuestran que son subjetivas y que no son la verdad absoluta. Así mismo, es fundamental que trates de desvelar el proceso de generalización que has hecho de ellas, y que te ha llevado a asumirlas y aplicarlas en todo momento sin darte cuenta de las limitaciones que implicaban. Finalmente, podrías construir creencias poderosas que las sustituyan. Creencias que te estimulen, amplíen tu capacidad de acción y te acerquen a tus objetivos. Ahora bien, esto es harina de otro costal y no profundizaremos más en ello.

Llega el momento de pasar a la acción. La siguiente clave consiste en implementar, poco a poco y de forma progresiva, unas pautas de comportamiento más positivas y efectivas. Necesitas de nuevos modos de proceder que te permitan empezar a hacer las cosas lo mejor posible, que no perfectas, y de una manera mucho más eficiente. Y de conductas que te ayuden rebajar tu umbral de autoexigencia, a ganar confianza en ti mismo, a reforzar la consideración que tienes de ti mismo, y a afrontar tus retos con una actitud más positiva y proactiva.

Acota el tiempo que dedicas a las tareas más rutinarias, fija el tiempo máximo que vas a emplear analizando y evaluando un asunto antes de tomar una decisión y actuar, limita el número de veces que revisas un trabajo antes de darlo por finalizado, prioriza tus tareas y decide conscientemente si debes ser más o menos “excelente” al ocuparte de cada una de ellas, equivócate a propósito y exponte a la imperfección, permítete cometer errores y aprovéchalos para aprender y mejorar, valora tus capacidades y celebra tus logros, acepta las críticas de buen grado y agradece cualquier recomendación o sugerencia, reflexiona y da las gracias por las cosas buenas que te ocurren,… Estos son unos pocos ejemplos de conductas positivas y efectivas que podrían ayudarte.

Lo importante es que te pongas en marcha aquí y ahora. Comienza con cualquiera de estas pautas de comportamiento. Una que te resulte relativamente fácil de adoptar y que creas que puede resultarte especialmente beneficiosa. Después, poco a poco y una tras otra, vete incorporando más conductas de este tipo. Por favor, no trates de ser perfeccionista para dejar de ser perfeccionista. Si decides no empezar hasta haber desarrollado el plan perfecto para superar tu perfeccionismo, probablemente, nunca lo harás o fracasarás en el intento. Te conoces. Sabes que construir ese plan perfecto te llevará muchísimo tiempo. Además, será tan “perfecto”, completo y detallado, como complicado de implementar.

“Nadie es perfecto, ni debería preocuparse demasiado por no serlo”

Bertrand Russell

Otro aspecto fundamental, que te ayudará a mantener tu perfeccionismo a raya, es una adecuada gestión de tu dialogo interno y de las críticas. Los perfeccionistas son verdaderos expertos a la hora de sacar la vara y fustigarse. Sus voces internas les exigen ser perfectos. Así que, cuando cometen el más mínimo fallo, lo viven como un gran fracaso personal, desencadenándose en ellos un dialogo interno destructivo y una autocrítica voraz. Además, viven las críticas ajenas como un ataque personal que amenaza su propia integridad. Todo ello les provoca frustración, rabia contenida y cansancio, restringiendo su capacidad de acción, limitándoles y alejándoles de sus verdaderas metas.

Es clave que cuides tu dialogo interno. Observa tus pensamientos. Cuando sean destructivos, procura detenerlos, cuestiónalos para desmontarlos y trata de sustituirlos por otros más positivos. El objetivo es desarrollar, de manera consciente, un dialogo interno más optimista, constructivo y benevolente. Un dialogo que te aporte energía, te motive y potencie tu capacidad de acción. En relación a las críticas, propias y ajenas, no pierdas tu tiempo rumiándolas. No les des más importancia de la que realmente tienen. Acéptalas tal cual las recibes, valóralas con cautela, extrae de ellas cualquier aprendizaje que pueda ayudarte a mejorar y, finalmente, déjalas pasar. Es lo más beneficioso para ti. Recuerda, nadie es perfecto, todos tenemos derecho a equivocarnos y los errores son imprescindibles para aprender, crecer y progresar. 

Para concluir, es conveniente destacar que invertir tu tendencia natural al perfeccionismo no es una carrera de 100 metros lisos. Es una prueba de fondo llena de obstáculos. Requiere de grandes dosis de paciencia y perseverancia. No hay que forzarse ni exigirse demasiada perfección en el empeño. Las prisas por alcanzar un resultado determinado no son buenas compañeras, y tampoco es recomendable fijarse grandes expectativas al principio. La clave radica en la práctica de forma regular de esas pautas de comportamiento más positivas y efectivas. El perfeccionismo es un hábito profundamente arraigado en ti. Solo a través de la repetición, esas conductas podrán convertirse en nuevos hábitos que desplacen y ocupen el lugar de tu perfeccionismo.

Debes estar preparado para tropezar y caerte. Cuando esto ocurra y vuelvas a incurrir en el perfeccionismo, ¡no pasa nada! Al darte cuenta de tu error, simplemente vuelve a centrar tu atención en el trabajo que estás haciendo. Sin sentimiento de culpabilidad. Sin reproches. Sin castigos. ¡Continua! El error es ya algo del pasado. Darle más vueltas de las debidas distrae tu atención de tu propósito. Si persistes y perseveras, lo conseguirás.


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